**Upanaya**

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**Upanaya**

Mensaje por Upanaya el Miér Nov 25, 2009 2:32 pm

Nombre: Upanaya

Sexo: Mujer

Raza: Humana

Elemento: Oscuridad

Ocupación: Chamán vudú

Apariencia: Su piel es del color de la tierra fértil y húmeda; sus cabellos rizados, normalmente se encuentran revueltos en una sucia maraña, son tan negros como la noche; el rostro (especialmente en los ojos y labios), se encuentra cuidadosamente decorado con los tatuajes ceremoniales de su tribu. Así mismo se intuye una joven agraciada debajo de la capa de barro reseco que cubre la mayor parte de su cara. Posee unos bellos ojos pardos, tan profundos y salvajes como la noche cerrada en la espesa jungla. En su espalda, a la altura del omoplato tiene una cicatriz en forma de araña tan grande como un puño, como si la hubiesen marcado con un hierro al rojo vivo.
No mide más de metro sesenta y su cuerpo, aunque no sea particularmente atlético, es en cambio, generoso en insinuantes curvas. Suele vestir con poco más que taparrabos de pieles secas, pulidas y desgastadas de los animales que consigue cazar, aunque cuando se adentra en las poblaciones cubre su semidesnudez con una piel más grande a modo de peto sin mangas ceñido con cualquier cosa que sirva de cinturón para evitar que indeseables se hagan ilusiones de propasarse con ella. Con ese aspecto se asemeja bastante a una mendiga o a una esclava embutida en un saco de patatas, alguien que, para su regocijo, la gente “civilizada” tiende a ignorar cuando pasa a su lado.
A demás, siempre anda cómodamente descalza y cuando no usa esa especie de poncho ajado a la vista quedan las joyas, amuletos y abalorios tradicionales de su tribu y de su oficio.

Personalidad: Más madura de lo que suelen ser las jovencitas de su edad, suele tratar a los demás con respeto (siempre que sea recíproco), independientemente de su procedencia, sexo, raza o religión ya que en realidad, estas cuestiones no son de su interés. Carece de vergüenza y en sus formas es posible advertir cierto halo de salvajismo; algo parca en palabras, su rostro es mucho más expresivo que su limitado dominio del idioma común.
Es posible que algunos al verla y escucharla la tilden de fría y desalmada; nada más alejado de la realidad, pues esa frialdad es en realidad adaptativa, puramente instintiva y natural, necesaria para poder sobrevivir al día a día, algo que se encuentra más allá del Bien o el Mal y donde los remordimientos no tienen lugar. Dado que es decidida e independiente también han llegado a considerarla algo arrogante.
A pesar de esta posible primera impresión, bajo la superficie habita un alma ardiente y apasionada. De no ser por el sentimiento de venganza que la aprisiona y arrastra, sería un espíritu libre… tanto es así que en lugares cerrados se suele sentir fácilmente acorralada, es completamente incapaz de acostumbrarse a las urbes y a las grandes aglomeraciones de gente.


Habilidades: Se encuentra en buena forma física, la suficiente para pelear con fuerza o huir veloz si se diera la ocasión, aunque sin llegar al nivel que una buena alimentación y un riguroso entrenamiento diario le podrían haber proporcionado.
Suele defenderse usando bastones, garrotes, dagas, arcos y en general cualquier cosa que tenga entre manos, si bien de forma muy rudimentaria e intuitiva; no es ni mucho menos, una guerrera. La única arma que porta consigo es una daga ceremonial con el mango de ónice que lleva enfundada y prendida de su cinto.
Lo más probable en un combate cuerpo a cuerpo es que termine encaramándose encima de su atacante arañándole, golpeándole y mordiéndole con fiereza en el primer pedazo de carne que encuentre.

Tampoco es que sea una experta cazadora, pero se las arregla para sobrevivir sin depender de la civilización (parte de este éxito se debe al hecho de que es bien capaz de comerse casi cualquier cosa, aunque esté cruda e independientemente del número de ojos o patas que tenga).

Su mayor habilidad por tanto, reside en sus conocimientos de la magia chamanística más oscura. Puede realizar algunos hechizos sencillos para defenderse al igual que ciertas maldiciones; siendo la vinculación de una persona a un fetiche la que requiere mayor dedicación, tiempo, esfuerzo y materiales más específicos. Sin embargo, una vez conseguida, el daño que se realice a la representación del sujeto puede llegar a causarle la muerte.
Posee ciertas dotes como médium para comunicarse con los espíritus de los muertos, al igual que una afinidad natural hacia alimañas y criaturas infames tales como serpientes, arañas y roedores.

En cualquier caso, recela de su propia magia y se niega a seguir ciertos senderos para potenciar su poder a pesar de su imperiosa necesidad, pues los considera propios de déspotas y cobardes; está al corriente de la existencia de hechizos y rituales capaces de doblegar la voluntad o los sentimientos de la gente y de los métodos de manipular un cadáver para convertirlo en zombi, aunque nunca realizaría semejantes atrocidades.


Pertenencias: siempre lleva consigo un amuleto de ámbar en forma de colgante en el que reside una pequeña parte del espíritu de su madre que las matronas, la noche de su muerte, consiguieron conservar de las garras de la bruja. Cualquiera que trate siquiera de tocarlo se llevará un buen mordisco; Upanaya en ocasiones, cree que consigue comunicarse con el espíritu de su interior. A parte de la daga que utiliza en sus rituales, también tiene un puñado de bolsas donde guarda los ingredientes de sus hechizos y el dinero.

Historia: En la jungla, los rayos de la tormenta trasformaban en día la lluviosa noche, silenciando durante un instante el rítmico sonido de los timbales. Alaya la madre de Upanaya estaba sufriendo un parto prematuro a causa de la maldición que sobre ella y su prole había lanzado la bruja-araña.
Entre gritos de dolor, rodeada de las matronas de la tribu, Alaya se encontraba tendida en el suelo con las rodillas flexionadas, resistiéndose a perder el conocimiento mientras la amarga voz de la vengativa bruja resonaba e su cabeza. Tiempo atrás, aquella anciana mujer llegó a la tribu arrastrándose por la jungla, al borde de la muerte. Su cuerpo era poco más que una oscura piel marchita sobre sus frágiles huesos, daba la impresión que había abandonado a los suyos para morir en soledad, devorada por la selva. Los habitantes de la aldea, tras comprobar que no se trataba de ninguna enfermedad contagiosa sino del irremediable paso del tiempo, se prestaron a cuidar en sus últimos días y dar sepultura a aquella anciana.

La acostaron en una vieja choza y la atendieron lo mejor que supieron, acompañándola durante las húmedas noches para que la hoguera no se apagara y tratando que se alimentara, aunque sólo parecía tolerar caldos sin apenas pedazos de carne. La convalecencia de la anciana duró todo un mes sin que hubiese signos de mejora o de debilitamiento; sólo pasado ese tiempo, las cosas empezaron a cambiar.
La gente de la tribu al principio no se percató de la falta de algunos animales pequeños y de insectos, tan prolíficos como eran en esa región… al empezar a escasear la caza, los hombres se dieron cuenta de que algo andaba mal. Los animales cada vez se alejaban más del poblado, muchas manadas a las que estaban acostumbrados a ver se habían quedado sin crías y la selva se estaba volviendo cada vez más silenciosa y vacía.

Fue Marot, uno de los cazadores de la tribu, quien descubrió lo que sucedía cuando una noche, presenció horrorizado como una araña, del tamaño de un canasto tanteaba con su par de patas delanteras la cuna donde se encontraba su hijo pequeño. La bestia al verse descubierta ante su tierna presa plantó cara al hombre irguiéndose sobre su abdomen mostrando sus afilados y chorreantes colmillos. Pero el temor por la vida del pequeño era mayor de lo que podía intimidarle aquella criatura infernal y usando una lanza que traía consigo, la enzarzó dejándola clavada en la pared de troncos de la habitación. Pasado el susto, mientras su bebé sollozaba saludablemente en su camita, se dio la voz de alarma y los adultos se presentaron para contemplar lo sucedido.
Descubrieron que la bestia había dejado tras se sí un fino rastro de seda plateada y tras incinerar a la criatura y una vez bien armados, hombres y mujeres siguieron dicho rastro hasta su origen, iluminando el camino con llameantes antorchas. Cuando llegaron a su fin reconocieron al instante la choza donde se hospedaba la anciana moribunda y se dispusieron a entrar. Sin embargo, su presencia había sido revelada por las diminutas hebras que había en el lugar y sabiéndose descubierta, la bruja reveló ante el poblado toda su maldad.

Su rostro había recuperado parte de su juventud, aunque seguía siendo excesivamente delegado y sus cabellos blancos y lacios. En lugar de piernas mostraba un hinchado vientre de araña sostenido por sus ocho patas segmentadas y peludas.
A su lado se encontraba el último hombre que se había encargado de guardar su cama, convertido en un esclavo zombi por su negra superchería.

- Me habéis cuidado y alimentado bien – dijo con una voz cavernosa y diabólica – ahora es el turno de mis pequeños…

Sin saber cómo, del espacio entre el suelo de la choza y la tierra brotaron cual torrente, contra los que allí se encontraban, gran cantidad de criaturas idénticas a la que con anterioridad Marot había dado muerte. Se produjo un enfrentamiento sangriento en el que se perdieron muchas vidas, hombres y mujeres valerosos y fuertes perecieron por el veneno de aquellas bestias, pero finalmente, con ayuda de los espíritus de la jungla y sus antepasados, consiguieron exterminar a la plaga diabólica.
Para cuando la última de su prole fue muerta, la bruja-araña había envuelto su morada en una oscuridad que ni el fuego de las antorchas se atrevía a traspasar.

Sólo Alaya, que por aquel entonces era ya una poderosa chamán, se adentro entre las tinieblas para desafiar a la mujer-demonio. Nadie salvo Alaya y la misma bruja saben que es lo que sucedió en aquel enfrentamiento, lo único que pudo atestiguar la gente del poblado fue el inhumano grito de dolor y rabia proveniente del interior de la choza momentos antes de que la tierra de la jungla se abriera bajo sus pies, enterrando parte de la vivienda mientras gruesos y verdes tallos brotaban zigzagueando para envolver la choza y disipando las mágicas sombras, aplastando la construcción partiendo vigas y columnas.
No había señales de la madre de Upanaya y a cada instante la situación se volvía más crítica. Toda la comunidad aguantó la respiración hasta que vieron saltar a Alaya por una de las ventanas que todavía no había sido sellada por la extraña vegetación; estallaron en gritos y celebraciones por la victoria aunque el rostro de la mujer era sombrío y se encontraba mancillado por una profunda preocupación. No había conseguido acabar con la vida de la despreciable criatura.

El resto de sus familiares y amigos se percataron de esto al escuchar en sus mentes la cruel voz de la bruja, cada vez más lejos, maldiciendo a la pobre Alaya y a toda su prole.

Y ahí estaba, un año después, dando a luz a su primera hija mientras las fuerzas oscuras que la vieja-araña conjuraba desde un lugar remoto confabulaban contra la vida de ambas. Sabían de las intenciones de la bruja porque, para revolverse aún más en su crueldad, así se las había comunicado a la gente del poblado. Pretendía matar a madre e hija en el momento del parto para así, mediante ese acto de pura maldad, apoderarse del alma y los poderes de Alaya y de los años de vida de su hija, volviéndose de nuevo joven.

Los hechizos de las matronas no eran suficientes para repeler la ancestral magia de la bruja y Alaya tampoco podía hacer uso de sus poderes. Las tétricas risas se pudieron escuchar en todo el poblado por encima del estruendo de la tormenta y los timbales. Se sabía vencedora de aquella batalla y ya podía sentir la vida de la pequeña fluyendo hacia ella.
Desesperada al sentir como escapaba la vida de su vientre, Alaya se sacrificó así misma, entregándose voluntariamente a la bruja-araña para romper el maleficio que recaía sobre su hija. Este acto de bondad y amor permitió que el pernicioso influjo disminuyera, pero la retorcida criatura no estaba dispuesta a perder tan apetecible presa. De las entrañas de Alaya en lugar de nacer su hija, asomó la cabeza de una enorme serpiente que hinchada, reptaba hacia la jungla.
La matrona más vieja, sin dudarlo un segundo cercenó la cabeza del Angra Mainyu (espíritu malo) y lo destripó ante la moribunda Alaya para extraer de su interior a la pequeña, todavía envuelta en la placenta.
Cuando finalmente la escuchó llorar con fuerza, el alma de Alaya abandonó su cuerpo.

Así pues, Upanaya creció criada por sus múltiples madres (pues era costumbre cuidar entre todos a los infantes que perdían a sus progenitores, llamándolos desde entonces, hijos de la tribu), que le enseñaron los secretos de la magia y la naturaleza; y por su (único) padre, que se encargó de trasmitirle la educación y los conocimientos necesarios para sobrevivir fuera de la aldea. La amenazante sombra de la vengativa bruja-araña no desapareció nunca del todo del poblado, acuciando más si cabe a Upanaya a cumplir con su destino, pues quedaba sobre sus jóvenes hombros el derecho y la obligación de terminar ella misma con la existencia de la despreciable criatura. No pudiendo aprender más magia de las ancianas de su aldea, emprendió su viaje por el continente en busca de poder y conocimiento para enfrentarse algún día a la bruja-araña y liberar finalmente el alma de su madre.
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Re: **Upanaya**

Mensaje por Admin el Miér Nov 25, 2009 9:51 pm

Todo correcto, seas bienvenida y que tu estancia aquí esté llena de aventuras.
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